Álvarez Riesgo, César

Escrito el 23/11/2020
Médicos Cudillero (Asturias)

 

Descripción

  • Autor: Juan Luis Álvarez del Busto, cronista oficial de Cudillero*.

Escribe el admirado maestro, y sobre todo amigo, Tico Medina, en su magnífico, humano y entrañable libro «Asturamericanos»: «Si hay asturamericanos que nacen en esta tierra nuestra y bajan hasta la aventura americana, también los hay a la inversa. Don César, al que no tengo el gusto de conocer, pero por poco tiempo porque a la primera de cambio subo hasta el Principado para darle un abrazo, nació en Hidalgo del Parral (México), el 24 de marzo de 1908, con lo que el ciclo se cierra, porque es un americano, hijo y nieto de asturianos, nacido en América y que tiene el aroma, la querencia, el enorme cariño por aquella tierra que cada día, desde su trabajo o su casa continúa plantando con amor y devoción en sus hijos y en sus nietos».

 

Y es precisamente de don César de quien nos vamos a ocupar, por haber ejercido la medicina durante casi medio siglo, 48 años para ser exactos, en el cudillerense valle de las Luiñas, y también por las circunstancias que en él concurrieron durante su infancia.

Don César nació como antes quedó dicho en 1908 en México y falleció en Oviedo el 10 de junio de 1993. Había heredado la vocación de su abuelo don Ángel -médico de Cudillero en 1871- y de otros parientes cercanos, y la trasmitió a su vez a dos de sus once hijos. Tengo grabado entre mis recuerdos del ya casi viejo cronista -y escrita en los papeles- una sencilla y emotiva conversación que mantuve con él con motivo del merecido homenaje de que fue objeto en 1988. En su memoria aún flotaban, aunque vagamente debido a su corta edad, recuerdos de los tiempos vividos en aquellas tierras hermanas que le vieron nacer y en las que entonces mandaba el legendario Pancho Villa.

«En una ocasión -nos decía- le pidió prestados a mi padre, Víctor, propietario de la fábrica de tejidos Bella Vista, mil pesos. Se los «prestó», granjeándose desde entonces la amistad del general que, por cierto, en más de una ocasión me sostuvo en sus brazos». Ello sería sin duda causa para que el 29 de noviembre de 1913 les otorgara un salvoconducto que reproducimos en éstas páginas y cuyo texto es el siguiente:

«El señor Víctor Álvarez y las tres personas que lo acompañan están autorizadas por mí para atender sus negocios en el Valle de Zaragoza, Chihuahua, y prevengo a las fuerzas constitucionales no las molesten en su tránsito y en el desempeño de su cometido. El general en jefe, Francisco Villa (Firmado y rubricado)».

Igualmente guardaba un escrito de la Jefatura de Armas que dice:

«Esta Jefatura de Armas que está a mi cargo ha tenido a bien conceder amplio salvoconducto a favor del señor Víctor Álvarez e hijo; Ángel Martínez del Río, Inocencio Isla, Anastasio Trápaga y María Ortiz para que transiten libremente por todos los lugares donde domina el orden constitucional. Por lo que todas las fuerzas constitucionalistas darán las garantías que ellos soliciten respetando sus intereses familiares, en la inteligencia de que al que contraviniere la presente disposición se le castigará con todo rigor. Constitución, libertad y justicia. H. del Parral, octubre, 28 de 1913. Coronel jefe de armas (Firmado)».

Ésta es parte de la historia vivida en la niñez por don César y de la que nos hablaba como si todo hubiese ocurrido ayer. Pero lo cierto es que luego sucedieron muchas cosas. Con su familia se vino a España, a Cudillero, de donde sus padres eran oriundos. Cursó los estudios de Bachillerato en un colegio de los Hermanos Dominicos. En 1926, durante los carnavales, fundó junto con otros compañeros la Tuna Escolar Ovetense y, posteriormente, inició la carrera de Medicina, el primer curso en Madrid y los cinco restantes en Salamanca.

Una vez doctorado, Cudillero fue, en 1933, la primera localidad en que ejerció su profesión. Al estallar la Guerra Civil, además de Cudillero, tenía a su cargo El Pito y Villademar; y en 1937, con el grado de alférez médico, se trasladó a León, donde permaneció hasta el final de la contienda. Por último, en 1940, obtuvo la plaza de médico titular en las Luiñas, de donde no se movió hasta febrero de 1988, fecha en la que, como antes dijimos, se jubiló.

Para don César jamás existió el tiempo. Le era igual que fuesen las diez de la mañana que las tres de la madrugada para asistir al lado de sus enfermos, ya fuese en bicicleta, en moto, a pie o en caballo, medio éste que utilizó sobremanera, dado que a él le correspondía atender las brañas vaqueiras y era la única forma de acceder a ellas, muchas veces salvando serias dificultades. Pero así fue granjeándose el cariño de sus pacientes que, como él bien decía, «siempre pensé que eran mis amigos y que la Medicina es la más humana de las ciencias, pues el verdadero humanismo se ejerce a través de la amistad».

Nos habló don Cesar de infinidad de anécdotas que le sucedieron a lo largo de sus 48 años como médico en las Luiñas, así como del accidente sufrido el 25 de septiembre de 1957, que le costó la amputación del pie derecho. A este suceso, y bajo el título de «Héroes anónimos», se refirió el suplemento informativo de la «Gaceta Médica Española» en el número de 8 de diciembre del referido año. Dice así:

«Otro caso entre los gajes del oficio. El médico titular de Cudillero (Oviedo), competentísimo, del Instituto Social de la Marina y de la Mutualidad de Accidentes de Mar y Trabajo, el día 25 de septiembre marchaba en acto de servicio, visita médica, sobre moto Guzzi, lo atropella un camión de la Telefónica, cuyo conductor, según se demuestra en el sumario, iba embriagado. Operado por el ilustre cirujano doctor García Díaz, se le practicó la amputación del pie derecho, tipo Syme, y está a punto de que le impongan para toda su vida una de esas prótesis conocidas por botas de elefante».

Otra de fórceps, pero jocosa:

Una señora, en San Martín de Luiña, está a punto de dar a luz y ha de practicarle un «fórceps». «Mientras hiervo el fórceps -dice don César-, córtenle el pelo del pubis». Cuál no sería su sorpresa cuando, al acercarse, observa que a la mujer le están cortando el pelo de la cabeza.

Así fueron transcurriendo los años en su Valle de las Luiñas del alma. Su cabeza venerable, su sentimiento por los demás, a los que dio todo a cambio de casi nada, y esas palabras suyas que pronunció dirigidas a sus más que pacientes, amigos, el día que se le tributó el homenaje por su jubilación, en el que tuve la satisfacción de estar presente:

«Quiero rogaros a todos me concedáis vuestro perdón por aquellas faltas u ofensas involuntarias que hayáis podido recibir de mí, no ya como médico, sino como amigo también, esperando de vuestra comprensión y amistad el alcanzarlo».

Y si iniciamos esta reseña biográfica con unas palabras de Tico Medina, con otras suyas vamos a terminar:

«Murió don César hace poco, y enterrado está bajo el cielo de plata en el que vivió tanto tiempo. Que estas flores de papel sirvan de recuerdo y homenaje a su vida y obra». Que así sea.

Nota

(*) Este texto está publicado también en el prestigioso diario asturiano La Nueva España, con fecha sábado 15 de octubre de 2011, el epígrafe «Don César Álvarez Riesgo, el médico de las Luiñas» y el subtítulo «La historia de un asturamericano que volvió de México para convertirse en doctor y amigo de los vecinos cudillerenses».

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